Dedicado a J.A.G.
Dios, seguro que todos os acordáis de las modas, y no hablo de las pasarelas “pret a porter” ni de las chicas en ropa interior, que si , que se que también de eso os acordáis. Me refiero a las modas de juegos según la época del año.
Bastaba para ver a un solo niño, un día, con su abuelo enseñándole a tirar la peonza, para que….., si, todos los niños del barrio, a la media hora estaban con sus peonzas.
Pero claro a la peonza no se juega durante todo el año, hay que repartir el tiempo con el resto de los juegos, canicas, los dardos, las chapas, el monopatín, el juego de “palo” (este juego más que una moda ha sido una tradición en nuestras vidas se merece un capitulo a parte, un escalofrío me acaba de recorrer toda la espalda, solo de pensar en esas venitas, finitas, rojitas, llenas de sensibles terminaciones nerviosas que se ponían como arterias, bombeando centímetros cúbicos de sangre por segundo, moradas después de perder una ronda o no haber acertado el palo de la baraja adecuado).
Pero el rey de los juegos sofisticados de las modas era el “Inque”, que ni tan siquiera hoy, logro saber como se escribe, pero que seguro que todos pensáis, es verdad…, el “Inque”, este juego trataba de dejar vertical un destornillador o trozo alargado de hierro en el suelo embarrado después de un día de lluvia, lanzándolo hábilmente en una cuadricula marcada en el suelo.
Hasta aquí parece fácil, pero imaginaros una serie de cuadrados en el suelo de aproximadamente cuarenta centímetros de lado, de al menos cuatro unidades de largo por dos unidades de ancho, el objetivo era dejar clavado el inque tirándolo desde un extremo en todos y cada uno de las celdas, y sin pisar ni una sola raya.
Y cuando conseguíamos un “millón” y nadie podía pisarlo, las horas que hemos dedicado a este juego, y las collejas que me he llevado al llegar a casa lleno de barro.
“No puedes jugar en la acera o donde no haya barro” joder no hay quien clave un destornillador en la acera, habrá que pisar un poco de barro digo yo.
También nos encantaba pasarnos las horas muertas pintando las peonza, poniéndolas chinchetas para que luego llegase JES (uno de los mayores) y del primer golpe en la peonza te la partiera en dos, el pedazo animal. En fin así es la vida de los pequeños cuando juegan con los mayores.
Lo que no tenía precio, eran las chapas, primero recorrer los bares buscando los mejores “jugadores” estos eran las chapas que estaban más lisas, y ahí ponías tu, a tu Butragueño, a tu Hugo Sánchez, a Maradona…
Los más sofisticados recortaban las caras de los cromos, pero a mi me gustaba más hacer las equipaciones, esos colores, los nombres, yo que era del Madrid era fácil, pero los del Barcelona, esos tenían mucho curro.
Pero lo que más me fascinaba de todo, eran las reglas, que se ponían a todos y cada uno de estos juegos-moda, y lo mejor era que en cada barrio, en cada pueblo o simplemente en cada grupo de amigos, las normas eran distintas. Esencialmente el mismo juego, pero con matices. La clave estaba ahí, en los matices, siempre ante cualquier discusión se podía oír un: “es que nosotros jugamos así”. Y se acababa la discusión.